Y fue cuando me di cuenta
Que
mi tranquilidad no era paz, era un escape.
Que
mi optimismo era sólo una protección.
Huía.
Yo huía.
Escapaba.
De mí. Como siempre
Huía
del aceptar, asimilar, caer en cuenta de,
del
afrontar.
De
pronto me sobraba tiempo para pensar
en
todo aquello que había decidido ignorar.
Y
se me fueron las fuerzas, así, no más.
Tenía
tiempo y espacio para la desesperación,
la
tristeza, la desesperanza.
Cambié
las tazas de café por valeriana…
el
té verde, por uno de toronjil.
Porque
duele menos cuando duermes.
Y
me gana la ansiedad, por qué negar?
y
en las ironías de la vida, me ahogo respirando de más.
Con
miedo a quedarme quieta y ponerme a pensar
Y
me descubrí llorando por los rincones de la ciudad,
frente
a los ojos de desconocidos, las miradas de los demás
yo
con el sentimiento que más critico y el que menos sé manejar.
Sentí
ese nudo en la garganta, las lágrimas incontrolables y el cerebro vacío, ese
sin pensar que te agobia, ese llorar sin cambiar tu rostro, con tu mirada fija
en un punto, en un trance que no se entiende, como si tu mente se desahogara
sin avisarte!
¿Cómo
una mente en blanco trae calma?
Si
es más fácil llenarla de todo, ese todo que te trae miedo, mucho miedo.
De
pronto fui para mí la peor compañía posible, por más imposible que eso suene.
Sin ganas de reir y mucho menos de oir reir! sin ganas de disfrutar, teniendo
de todo para hacerlo, buscando pleitos donde sólo había buenas intenciones.
Perdí
el control. Y la alegría.
No
era más el alma de la fiesta y tampoco me interesaba serlo más.
Dicen
que la aceptación es el primer paso, y ACEPTO que sucedió, y que ya no puedo
controlar, que ya no queda más.
Hoy!
ya es otro día...
Hoy?
Hoy lloré menos