Hoy
me levanté como siempre, caminé al baño a lavarme la cara y a mirar con qué
rostro amanecí hoy, porque no sé si saben, la cara nos cambia todos los días.
En fin, debía
apurarme, correr , el tiempo se me
acababa para hacer todo ese cúmulo de ocupaciones autoencomendadas, cuando de
pronto me acerqué al espejo y vi al conejo.
Sí , al conejo! con su chaleco elegante, su reloj de bolsillo, diciendo que debía apurarme,
porque ya iba tarde, voy tarde! todo estresado, corriendo, apurado, como siempre,
típico de él y típico de mí. Como si la tarea pendiente fuera de vida o muerte.
Me
puse frenética, nerviosa, ansiosa queriendo hacer todo a la vez y vi dibujada
en mi rostro a la libre de marzo, toda eufórica como es ella y como soy
yo.
Respiré
hondo y traté de calmarme, aunque no estaba equivocada, ya era tarde! eran casi
10 de la mañana y yo aún no había desayunado, ni siquiera salía del baño. Pensé
“a esta hora mucha gente organizada ya se ha bañado, ya ha comido y en
realidad, ya era hora de comer! hora del café, hmmm la hora del té?
Me miré al espejo y vi al sombrerero, quien me guiñaba un ojo mientras
sostenía una tacita en una mano y me señalaba la hora con la otra.
Me
sentí perdida por un momento con todo esta confusión en mi cabeza, sin entender
nada, hasta que decidí dejarme llevar, fluir, let it be. En ese momento vi el rostro de Alicia
y estuve segura de que quizás sólo debía adaptarme. Aunque no dejaba de juzgarme
por esta irresponsabilidad en la que estaba cayendo. ¿Cómo es eso de dejarme llevar por la fantasía
en vez de sentar los pies sobre la tierra?, qué mujer respetable es capaz de
perder así la seriedad, eso no perdona la sociedad! Vi en el espejo a la mamá de Alicia mientras yo me juzgaba tan duramente, veía una a la vez y a veces veía a ambas al
mismo tiempo. Mi cara sólo es una; pero mi mente estaba dividida en opiniones
contrarias acerca de mí y lo que soy o debo hacer. Eran los gemelos, dándose de golpes uno contra el otro por no ponerse de
acuerdo. Vi
a la Duquesa, reprochándome feamente y luego, elogiándome.
Estaba
agobiada, frustada, asustada, harta, enojada, sentí que era presa de mi mente,
que mi cabeza no me pertenecía, quería cambiar las cosas de cómo realmente son. Cambiar mi trabajo por otro, tener una familia diferente, una cara y un cuerpo que me gusten más, ya saben! si
las rosas blancas fueran rojas!
Vi
a la Reina Roja como si me hubiera leído el pensamiento, con ganas de
hacerme el favor de cortarme la cabeza y quitarme este agobio de pensar.
Hice
una pausa, respiré con la mayor calma del mundo, como si me sobrara el tiempo
para pensar, reflexioné un poco diciéndome, no estoy loca, encontrar la paz y el sentido de
todo este monólogo que sostenía en mi cabeza, dependía sólo de mí, de entender
que todo tiene un camino, un por qué, que algunas cosas sólo entenderemos
cuando llegue el momento de entenderlas, que por encajar, por compararnos o juntarnos con
personas equivocadas podemos llegar a sentirnos muy pequeños o demasiado grandes, sin necesidad de comer galletitas ni brebajes mágicos.
Me miré de nuevo y vi a la Oruga azul, levantándome la ceja, muy complacida con
su pipa en mano, como si todo lo que entendí hubiera sido gracias a ella, haciéndome
acuerdo de que si no sé a dónde voy, el camino que tome da igual.
Me
sentí mejor, relajada, sabia, hasta puedo decir que un poco cínica y confiada, con una amplia sonrisa que no se me iba del rostro. Me miré, renovada, mientras sonreía y por unos pocos segundos alcancé a ver al gato Cheshire quien
sólo me dejó replicada la sonrisa, mientras todo lo demás se desvanecía, entendiendo por fin que yo tengo un poco de todos y todos un poco de mí.
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Basado en una de mis lecturas favoritas de todos los tiempos:
Alicia en el Pais de las Maravillas, de Lewis Carrol